Soy Darío Páez. He pasado media vida midiendo lo que casi nadie quiere medir: la emoción colectiva
A veces me presentan con etiquetas rápidas: “psicólogo social”, “experto en memoria colectiva”, “investigador del clima emocional”, “académico de rituales”. Yo no discuto esas etiquetas, pero siempre siento que se quedan cortas. Porque mi trabajo, en el fondo, persigue una pregunta que no me ha soltado en décadas: ¿cómo sienten las sociedades? No los individuos aislados. Las sociedades. Ese “entre” que existe cuando miles de personas comparten miedo, esperanza, rabia, duelo o alivio… y lo convierten en cultura, en política, en memoria, en costumbre.
Nací en Chile (1952). Me formé en un país que ha vivido cambios intensos, y terminé consolidando mi carrera académica en Europa. A nivel formal, obtuve el doctorado (PhD) en Bélgica, en la Universidad Católica de Lovaina, en 1983. Y ese mismo año comenzó una etapa decisiva: mi vínculo con la Universidad del País Vasco (UPV/EHU), donde desarrollé mi trabajo como profesor de psicología social durante décadas. Mi biografía, vista desde afuera, puede parecer una línea geográfica: Chile → Bélgica → País Vasco. Pero por dentro fue otra cosa: un intento persistente de entender cómo se construye el sentido cuando una sociedad atraviesa trauma, cambios, violencia, incertidumbre o transformaciones profundas.
Cómo me fui acercando a mi tema central: lo emocional como estructura social
Hay una tentación frecuente en ciencias sociales: hablar de emociones como si fueran un asunto íntimo, casi doméstico. Algo que ocurre dentro de una persona, en silencio. Mi experiencia intelectual me empujó a la dirección contraria. Vi una y otra vez que las emociones, cuando se comparten, dejan de ser “sentimientos” y se vuelven fuerzas sociales.
El miedo colectivo cambia conductas. La esperanza colectiva moviliza. La indignación colectiva crea movimientos. El duelo colectivo se convierte en ritual. Y, de pronto, la emoción deja de ser un fenómeno psicológico individual para convertirse en un clima social: algo que se respira, se comenta, se hereda, se normaliza.
Ese clima emocional —cuando lo estudias con seriedad— no es poesía. Es un objeto investigable. Exige metodología, indicadores, instrumentos. Y exige, también, un compromiso ético: medir emociones colectivas no para manipularlas, sino para entender qué condiciones las disparan, qué desigualdades las sostienen y qué mecanismos permiten repararlas o transformarlas.
Dónde he trabajado y cómo se distribuye mi vida académica
Mi vida profesional ha tenido un eje claro: la UPV/EHU en San Sebastián, con un trabajo continuo en psicología social. A la vez, mantuve vínculos y colaboraciones amplias en América Latina, porque mi mirada nunca se desconectó del continente donde nací. En años recientes, además, aparezco asociado a universidades latinoamericanas como profesor invitado u honorario en distintos marcos académicos.
| Años | Institución | País | Rol | Enlace |
|---|---|---|---|---|
| 1983 | Université catholique de Louvain (UCLouvain) | Bélgica | PhD | Perfil |
| 1983–2023 | Universidad del País Vasco (UPV/EHU) | España | Catedrático de Psicología Social | UPV/EHU |
| — | Red de perfiles académicos | — | Publicaciones / coautorías | Google Scholar · ResearchGate · Academia.edu |
Mi “núcleo”: memoria colectiva, trauma, identidad y rituales
Durante años trabajé con la idea de que la memoria colectiva no es un archivo. Es un mecanismo vivo. Es la forma en que una sociedad decide qué recordar, cómo recordarlo y para qué. Y eso se convierte en identidad: en “nosotros”, en “ellos”, en lo que se considera injusticia, lo que se considera reparación, lo que se tolera, lo que se rechaza.
Cuando una sociedad vive violencia política, catástrofes o cambios abruptos, aparece una disputa silenciosa por el significado. Las emociones juegan un papel central en esa disputa: vergüenza, orgullo, miedo, rabia, esperanza. Y ahí entran los rituales: conmemoraciones, ceremonias, actos públicos, incluso prácticas familiares. Los rituales ordenan lo emocional, lo hacen compartible, lo hacen transmisible.
Si yo tuviera que resumir mi enfoque en una frase, diría esto: me interesa cómo un grupo transforma emoción en forma social.
Por qué el gambling entró en mi mapa (y por qué no es una “excepción”)
Cuando empecé a involucrarme en investigaciones sobre gambling, algunos lo tomaron como un salto temático. Para mí, fue una continuidad.
El gambling es un fenómeno perfecto para observar algo que me importa desde siempre: la regulación emocional en un entorno social. No me refiero a “emociones bonitas” o “emociones negativas”. Me refiero a funciones:
- la emoción como analgésico de corto plazo,
- la emoción como motor de sentido,
- la emoción como impulso de pertenencia,
- la emoción como herramienta para soportar incertidumbre.
El gambling moderno —especialmente cuando se digitaliza— opera como un dispositivo de regulación emocional: anticipación, tensión, descarga, racha, ilusión de control, narrativas de “casi”. Cuando ese dispositivo se vuelve masivo, deja de ser un asunto individual y se convierte en clima cultural: riesgo normalizado.
Gambling y clima emocional: cuando el riesgo se vuelve rutina cultural
Hay sociedades donde el futuro se percibe relativamente estable; hay sociedades donde el futuro se vive como una amenaza o un misterio opaco. En contextos de incertidumbre económica, precariedad o expectativas rotas de movilidad social, el gambling ofrece algo emocionalmente potente: una promesa.
La promesa no es solo dinero. Es:
- control (“yo decido”),
- posibilidad (“puede pasar”),
- justicia simbólica (“esta vez me toca”),
- intensidad (cuando el día a día se siente plano),
- escape (cuando la ansiedad se vuelve cotidiana).
Cuando esa promesa se repite en miles de pantallas, en miles de conversaciones, en publicidad constante, aparece un fenómeno social: la apuesta como práctica cultural disponible y visible. Y entonces ya no estamos mirando solo “decisiones personales”, sino un contexto que estimula determinados patrones emocionales.
Gambling como ritual contemporáneo: secuencias que capturan emoción
Otra razón por la que este tema encaja en mi trayectoria es la dimensión ritual. Yo he investigado durante años cómo los rituales estructuran emoción y cohesión. El gambling, en su versión contemporánea, produce rituales nítidos:
- entrar a la app siempre a la misma hora,
- revisar cuotas con la misma secuencia,
- apostar “pequeño” para “calentar”,
- perseguir la pérdida con la idea de “equilibrar”,
- explicar el azar con narrativas de racha o destino,
- convertir la derrota en “casi”, y el “casi” en permanencia.
El ritual tiene una función: reducir incertidumbre psicológica. Pero también tiene un riesgo: si el ritual se rigidiza, puede encerrar a la persona en una secuencia emocional que ya no libera, sino que aprisiona.
Bienestar subjetivo y gambling: la pregunta correcta no es “si”, sino “por qué”
En el estudio con muestra representativa en Santiago de Chile, se observó una relación consistente entre gambling problemático y menor bienestar subjetivo. Pero para mí, el centro no está en repetir la correlación como un slogan. El centro es entender la mecánica social.
La pregunta que me interesa es esta:
¿qué condiciones empujan a que el gambling se convierta en una estrategia emocional dominante, incluso cuando erosiona el bienestar?
La respuesta rara vez está en una sola variable. Normalmente aparece como combinación:
- estrés y malestar sostenido,
- accesibilidad 24/7,
- publicidad emocional,
- diseño de producto orientado a permanencia,
- sensación de falta de alternativas,
- debilidad de redes comunitarias,
- y una cultura que normaliza el riesgo como entretenimiento.
La psicología social aporta aquí algo incómodo, pero necesario: las personas no eligen siempre lo que maximiza bienestar a largo plazo. A veces eligen lo que reduce dolor inmediato. El gambling, en ciertos casos, funciona como un analgésico emocional de corto plazo. Y los analgésicos, cuando se usan sin control, terminan cobrando su precio.
De la culpa individual a la responsabilidad estructural
Hay un punto donde soy inflexible: moralizar no sirve. “Juega responsablemente” puede tener valor simbólico, pero si se convierte en la única respuesta, traslada toda la carga moral y emocional al individuo, ignorando la arquitectura del entorno.
Yo miro el gambling como un fenómeno donde la responsabilidad se distribuye:
- en el diseño de los productos,
- en los marcos regulatorios,
- en la exposición publicitaria,
- en la protección de poblaciones vulnerables,
- en el acceso real a ayuda y prevención.
No para borrar agencia individual, sino para evitar la trampa de siempre: culpar a la persona por un patrón que el sistema facilita, acelera y normaliza.
Gambling como síntoma cultural: una narrativa de “excepción” en tiempos de incertidumbre
Si ampliamos todavía más el enfoque, el gambling puede leerse como un síntoma cultural de época. Vivimos en sociedades donde:
- el esfuerzo no siempre garantiza estabilidad,
- el mérito no siempre se traduce en recompensa,
- la desigualdad se percibe estructural,
- el futuro se vive como frágil.
En ese contexto, apostar ofrece una narrativa alternativa: el golpe de suerte, el quiebre del destino, la excepción. Desde la psicología social, esa narrativa tiene poder porque devuelve sentido donde la vida se percibe bloqueada. El riesgo es que, cuando esa narrativa se masifica sin fricción, la excepción se convierte en costumbre y la costumbre puede volverse daño.
Lo que me interesa investigar en gambling sin moralizar (y sin romantizar)
Para mí, investigar gambling con seriedad implica sostener una línea fina:
- no condenar,
- no trivializar,
- no convertir el fenómeno en espectáculo,
- no borrar el sufrimiento de quien queda atrapado.
Implica medir con rigor, diferenciar niveles de riesgo, comprender funciones emocionales, identificar vulnerabilidades y pensar en prevención real, no simbólica.
| Año | Trabajo | Tema | Enlace |
|---|---|---|---|
| 2024 | Problem gambling and subjective well-being (Santiago, Chile) | Gambling / bienestar | PubMed · Scientific Reports |
| — | Perfil con publicaciones y citaciones | Mapa de producción | Google Scholar · ResearchGate · Academia.edu |
| — | Presentación institucional / líneas de investigación | Memoria, trauma, clima emocional | UPV/EHU · Perfil SPN |
Si tuviera que explicarme en una sola línea
No me interesa “estudiar temas”. Me interesa estudiar mecanismos: cómo una sociedad convierte emoción en memoria, memoria en identidad, e identidad en prácticas. Y en esa lógica, el gambling aparece como un fenómeno contemporáneo donde el riesgo se ritualiza, la incertidumbre se normaliza y la emoción se convierte en motor de conducta.
Eso es lo que hago. Ese ha sido, con variaciones, el hilo central de mi trayectoria.
Si algo he aprendido con los años es que los fenómenos sociales no se agotan cuando se publican los resultados de un estudio. Al contrario: ahí recién comienza la parte más delicada. Los datos abren preguntas nuevas, incomodan narrativas establecidas y obligan a repensar supuestos que parecían evidentes. En el caso del gambling, esto es especialmente claro. Cada hallazgo empuja a mirar más allá de la cifra y a preguntarse qué tipo de sociedad estamos construyendo cuando el riesgo se vuelve una forma cotidiana de entretenimiento.
Por eso insisto tanto en la necesidad de una conversación pública más madura. No una conversación dominada por el pánico moral ni por el entusiasmo acrítico, sino una conversación informada, capaz de reconocer matices. El gambling no afecta a todos por igual, ni produce siempre los mismos efectos. Pero cuando genera daño, ese daño no aparece de la nada: se inserta en trayectorias de vida marcadas por vulnerabilidad emocional, precariedad y expectativas frustradas. Ignorar ese contexto es una forma de irresponsabilidad colectiva.
En mi trabajo intento sostener una posición incómoda pero necesaria: comprender no es justificar, y regular no es censurar. Comprender significa mapear funciones emocionales, identificar grupos de riesgo y reconocer los límites de la autorregulación individual. Regular significa diseñar entornos que no exploten sistemáticamente esas vulnerabilidades. Si algo espero de mis investigaciones es que contribuyan a ese equilibrio: una sociedad que se mire a sí misma con honestidad, que no delegue toda la carga en el individuo y que sea capaz de transformar conocimiento en decisiones más humanas y más justas.


